Alimentación para una piel saludable (1)

PIEL, SALUD Y JUVENTUD
La piel, el órgano más grande del cuerpo, forma parte junto con sus anexos (glándulas, pelos y uñas) de un sistema complejo llamado tegumentario. Cuyas funciones son de protección, reconocimiento, nutrición, relación, intercambio, excreción, y regulación entre otras.

El sistema tegumentario está a su vez relacionado con los sistemas neuro- endócrino (sistema nervioso y sistema endócrino funcionan integrados), encargados de la coordinación de las funciones del organismo en general y en particular de la piel. Es así como las alteraciones hormonales pueden ser traducidas en afecciones cutáneas, un ejemplo claro lo constituye el acné, dado que las variaciones hormonales de la pubertad provocan un incremento de la producción sebácea.

Con el sistema nervioso, la piel además comparte el origen de su capa más externa: la epidermis.
La salud de nuestra piel está dada por varios condicionantes; en algunos de los cuales podemos influir directamente: plan de alimentación y exposición a factores nocivos (exceso de radiación solar, tabaquismo, cosméticos sintéticos, productos de limpieza abrasivos…). Existen otros factores sobre los cuales nuestra influencia es indirecta o podemos contrarrestarlos: contaminación ambiental, metales pesados en alimentos ingeridos, ambientes familiares y laborales estresantes…
Es importante tener en cuenta que la piel como cualquier órgano envejece, y con el paso del tiempo comienza a manifestar signos de un proceso natural como lo son la pérdida de flexibilidad y elasticidad, la dificultad de retener el agua, y la aparición de manchas por depósito de pigmentos. Este envejecimiento viene en parte determinado genéticamente, en parte por cambios hormonales y por la formación de radicales libres como producto del metabolismo celular. Con esto quiero remarcar que mantener una piel saludable mediante una alimentación correcta para cada individuo, no quiere decir llegar a edades avanzadas sin arrugas. Se pueden contrarrestar los efectos de sustancias externas e internas que aceleran el envejecimiento y producen algunas enfermedades, pero el concepto actual (en nuestra sociedad moderna) de belleza muchas veces va en detrimento de la salud.

ALGUNAS PAUTAS ALIMENTARIAS PARA LA SALUD DE LA PIEL


Mantener una piel o un organismo saludable, por medio de una alimentación adecuada conlleva cierta disciplina (con el buen uso de la palabra disciplina). Me refiero a la constancia; no se trata de lograr los resultados deseados y volver a repetir todo tipo de desordenes alimentarios para luego volver a encaminarnos. Esta conducta tiene más de perjudicial que de beneficiosa porque el cuerpo está constantemente sometido a estrés.
Deberíamos reparar en el ambiente a la hora de comer, pues el acto de alimentarse no sólo consta de introducir alimentos a nuestro cuerpo. La regularidad en los horarios nos permitirá organizar nuestro tiempo de manera óptima. Elijamos cocciones que desnaturalicen lo menos posible los alimentos, evitando fritos, asados y ahumados.
Existen nutrientes que claramente benefician el funcionamiento y la estructura de este órgano, y otros que por su poder antioxidante promueven la eliminación de radicales libres. Algunos de ellos son: zinc, azufre, selenio, silicio, vitaminas A, del grupo B, C, E y ciertos ácidos grasos (omega 3 y 6) presentes, por ejemplo, en el aceite de onagra, en el aceite de rosa mosqueta y en aceites de pescados.
Además de tratar de incluir en nuestra dieta, alimentos ricos en estos nutrientes, sería conveniente adoptar hábitos saludables como realizar ejercicio físico moderado regularmente, proteger nuestra piel de radiación solar a horas desaconsejadas, y de sustancias tóxicas presentes en detergentes y limpiadores domésticos. Es interesante revisar los materiales de nuestros útiles de cocina, sobretodo descartemos los que contengan aluminio. Evitemos hábitos nocivos como el tabaco, el exceso de alcohol, café y chocolate.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es el agua, pues la hidratación de la piel no se logra desde el exterior, la piel se hidrata con el agua que bebemos. La cantidad que necesitamos varía bastante de un individuo a otro, dependiendo de muchos factores como la temperatura ambiente, actividad física, edad y sexo. Una cantidad orientativa sería entre 1,5 y 2 litros diarios en los cuales podrían incluirse las infusiones (sin azúcar). En realidad si “escucháramos” a nuestro cuerpo, beberíamos cuando tenemos sed (y comeríamos por hambre), pero este tema es debate para otra oportunidad. Lo que sí es prioritario es que bebamos agua entre comidas, tratando de evitarla o reducirla a la hora de comer; así no disolvemos los jugos gástricos, e insalivaremos y masticaremos mejor para que se forme un bolo alimenticio bien triturado (impregnado de enzimas), sin necesidad de “bajar la comida con agua”.

Virginia Tenreiro, técnico superior en dietética y nutrición
Colaboradora de Tutallernatural.com

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